Eliana Mattiacci Stablun
Cuando accedemos a un diario, generalmente en la sección de policiales, está a la vista que todo lo que se habla sobre las villas gira en torno a dos cuestiones: droga y muerte. Pero nada suele decirse, entre otros temas, de la educación, algo tan básico para entender por qué somos como somos y actuamos de tal o cual forma; algo que quizá nos lleve a la respuesta de por qué en estos ambientes predominan dichas cuestiones. Tradicionalmente la escuela fue concebida
para la transformación de las sociedades, basándose en una utopía de progreso
definido a partir de los avances de la ciencia y la tecnología, de modo que el
acceso al conocimiento provisto por la institución educativa resultaba ser la
llave para alcanzar las posibilidades del progreso de la libertad y la
igualdad. La noción de clase social continúa siendo el referente constitutivo
de los sujetos y de los conflictos sociales. En este marco, y tal como describe
la licenciada en ciencias de la educación, Silvia Duschatzky, “la escuela actúa
consolidando posiciones originarias y reforzando la segmentación social”.
Haciendo un paralelo, otro es el caso de Carla
Cinara, una docente que trabaja en escuelas céntricas a la que asisten alumnos
de la periferia: “Hago un sondeo para ver qué conocimientos tiene el chico y
partimos de ahí”, explica. Los contenidos que deberían tener los chicos en
general no coinciden con los que deberían tener según el año en el que están:
“A veces ni con los de la escolaridad primaria”, advierte la profesora.
Podría decirse que este tipo de carencia de
conocimiento es lo menos grave que acontece en este ambiente. Para estos
chicos, el parámetro de normalidad es
otro: padres vendedores de droga, tiroteos en plena calle, presos, padres que
abusan de sus hijos, chicos golpeados y violados. “Ellos dicen ‘mi papá
trabaja’, y de qué trabaja, ‘y roba’. Para ellos es un trabajo –describe Rosa,
y continúa– he tenido chicos golpeados, abusados por padrastros, por los
propios padres, golpeados con cadenas, rasguñados… ¿qué podés hablar con la
madre?, la única contención donde ellos se refugian es en la escuela”.
Otro tema preocupante en la vida de estos
chicos es la alimentación. Es sabido que un chico mal nutrido difícilmente
pueda incorporar conocimientos, ya que la mala nutrición produce somnolencia,
falta de atención, sin mencionar carencia de defensas, por lo que éstos son más
proclives a contraer enfermedades. “La mayoría van a comer, es lo único que
comen en el día”, cuenta Rosa. “Nosotros comemos en la escuela, a la noche
comen los grandes”, según comenta Rosa, suelen relatar los chicos.
Por otro lado, los niños que asisten a estas
escuelas ubicadas en las villas, prácticamente no tienen una familia
constituida, con todo lo que el término “familia” implica: “Yo he trabajado en
una escuela donde tenía dos quintos grados y en todo el año conocí cinco
padres, te estoy hablando de grados de 45 chicos cada uno –cuenta Rosa, y
agrega– son padres ausentes, entonces el chico está a la deriva”. Cabe
mencionar que los padres de estos niños son analfabetos: “¿Apoyo extraescolar?,
olvidate”, comentó Rosa. En el caso de las escuelas céntricas en las que
trabaja Carla, con frecuencia, los chicos no reciben apoyo suficiente de los
padres, esto debido a su escasa formación: “El apoyo de los papás no siempre se
da, también lo que suele pasar es que no es el apoyo que uno esperaría. Los papás
en general tienen sólo la escuela primaria”, aclara la profesora.
Los docentes intentan mostrar otra realidad,
una mejor, en la que los chicos puedan tener una mejor calidad de vida, puedan
estudiar, tener una profesión, pero ese intento por incentivarlos a tener
aspiraciones más altas, muchas veces ha puesto en riesgo la propia vida del
docente: “A mí me traumó mucho trabajar en esas escuelas, psicológicamente te
agota –relata Rosa y continúa– yo trabajé mucho con música tranquila para
reflexión y diálogo; más o menos te lleva dos meses que el grupo te acepte
como la docente, y un poco como amiga, después de esos dos meses podés empezar
a trabajar, con lo mínimo”. Y a pesar de que los maestros tratan de hacer todo
lo que esté a su alcance para ayudar a los niños se chocan, una y otra vez, con
una dura realidad: “Yo nunca voy a poder hacer eso, toda mi vida voy a juntar
cartones, porque cuando termine séptimo tengo que agarrar el carro y trabajar
con mi papá”, según comenta Rosa, es lo que suele decir el común de los chicos.
Por otro lado, es importante mencionar qué
sucede con la preparación de estos docentes: “Todo lo que yo aprendí en el
profesorado no me sirvió nada, en esas escuelas no te sirve, porque tenés que
ser asistente social, tenés que hacer de madre, tenés que estar atrás de los
chicos, no podés cumplir tu rol de docente, enseñar”, señala Rosa. Es evidente
que se desdibuja el rol del docente, hasta dónde llega el maestro, hasta dónde el
padre y hasta dónde el niño.
La pregunta que queda dando vueltas entonces
es ¿qué se hace? Esos chicos y sus familias no tienen internalizada la cultura
del trabajo, su ignorancia no les permite ver, por ejemplo, que robar o
consumir drogas está mal, según relataba Rosa, ellos tienden a “culpar” al otro
de que tiene algo, sea “un auto, un sueldo…”, o en el caso de las escuelas
céntricas, como relata Carla, suelen decirse “de qué te la das vos que vas al
centro…”.
“El chico es parte de la sociedad y hay que
enseñarles que hay otra realidad”, explicaba Rosa, haciendo referencia a la
posibilidad de crecer, en todos los aspectos, de modo que un ambiente con este
tipo de características no es un condicionante definitivo para un modo de vida.
“Las culturas son permeables, entonces todo lo que hagas con otro puede dejarte
alguna huella –señala Carla y agrega–, algo muy característico de las escuelas
céntricas donde yo trabajo es que los alumnos viven en zonas periféricas pero
sus familias los apoyan para que ellos hagan su salida de esa zona. En la
familia está la intención de que su hijo salga de esa realidad tan cerrada como
es la del barrio”
Rosa relató que siempre trataba de llegarles
a los chicos con su propia experiencia: durante su niñez y juventud pasó muchas
carencias, sin embargo eso no le impidió salir adelante. “Yo los entiendo, y me
acerco a ellos con mi realidad, les puedo dar el ejemplo de que se puede, de
que hay una posibilidad”. La maestra también indicó que lo primero que deben
hacer para salir adelante es mudarse de ese lugar; al respecto, Carla, también
aportó su opinión: “El chico que sale de esos barrios se relaciona con otras
personas, tiene otros amigos, viaja solo en colectivo. En cuanto, por ejemplo,
al trabajo barrial, o la organización del barrio, estos chicos pueden aportar
una mirada bastante enriquecedora al lugar porque son los que han visto como se
mueve la gente en otros lugares”.
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