Bruno Viapiano
Cuando uno recorre los barrios más humildes de la ciudad y
cruza palabras con quienes allí residen,
descubre todo tipo de historias de vida, las cuales escasas veces son
contadas. En Villa Moreno todos
coinciden en lo mismo: “los medios acá no vienen si no hay algún bardo”.
Acostumbrados a que “nos cuenten las costillas”, como ellos
dicen, todos muestran desconfianza al
hablar. Creen que sus palabras serán cambiadas o exageradas, en busca de una
nota que otra vez los demonice. Estos pibes están cansados que se los asocie
con delincuentes, droga y muertes, solamente por la
ubicación del mapa en las que le tocó nacer. Tampoco se apartan de la cruda
realidad que invade al barrio y se muestran dolidos después de tener que ver
como matan a sus vecinos, amigos y/o familiares por disputas entre gente que se
llena los bolsillos y los utiliza.
Muchos de los que se acercan a conversar eran amigos de Jere, del Mono o del Patón, los tres chicos que fueron
brutalmente asesinados el 1 de Enero del
2012 en una canchita de fútbol del barrio.
Pero, claro, todos ellos tienen una historia diferente que
merece ser escuchada y esta vez, también contada. Martín, es uno de los tantos
que vive una realidad completamente diferente a la que solo cuentan los medios de comunicación. Él nació, se crió y dice que va a vivir todo
lo que tenga de vida en Moreno. Ahí está toda su familia, su novia desde hace 7
años, la que conoció jugando en la calle cuando eran chiquitos, y todos sus
amigos con los que comparte momentos todos los días de su vida.
“Yo acá tengo todo, no me quiero ir nunca y me pone como el
orto que hasta la misma gente del barrio viva con miedo y piense que no hay
nada bueno para hacer” cuenta Martín con rabia. “Nadie se acerca a escucharnos
o a dar una mano con los quilombos y encima la gente te mira de reojo y te
discrimina si querés hacer las cosas bien y buscar un laburo” agrega Alexis,
uno de los chicos presente durante la conversación. Y ese comentario fue el
disparador de un relato que dejará a las claras la serie de obstáculos que se
presentan ante estos chicos, sólo porque la sociedad los estigmatiza.
“Mi viejo murió hace tres años, empezó a faltar la guita en
mi casa y tuve que salir a buscar un laburo para ayudarla a mi vieja y de paso
para tener mi propia plata. Estuve casi un año buscando, habré tenido como 10
entrevistas y en ningún lugar me tomaban.
Pensé que era porque no tenía experiencia, pero no me agarraban ni en
lugares dónde no necesitaba, hasta que pensé que podía ser por el lugar en
dónde vivía” cuenta Martín y agrega: “Necesitaba tener trabajo, no me quedó
otra y cambié la dirección en el DNI por la de mi hermano que está viviendo en
Echesortu, tuve 2 o 3 entrevistas más y me tomaron como administrativo en una
empresa de computación, conseguí el laburo pero tenía una bronca bárbara, es
humillante lo que tuve que hacer”.
Martín nunca va a tener la certeza sobre por qué no lo
tomaban, pero nadie le va a sacar de la cabeza por todo lo que tuvo que pasar
para después de casi un año de entrevistas fallidas le den una oportunidad. Hoy
sigue trabajando, pero no en el mismo lugar, por suerte para él, el relato
tiene un desenlace mejor. “Trabajé casi seis meses ahí y después un señor del
barrio, que era amigo de mi papá, abrió una bicicletería y necesitaba un
empleado, renuncié en la empresa y ahora por lo menos trabajo con mi gente”
dice Martín o “Turu”, como le dicen en el barrio y además cuenta que ya tiene
turno para cambiar otra vez la dirección del DNI.
Turu no puede hablar más, pide perdón, se levanta apurado
diciendo que su novia lo espera y se va. Los chicos que escuchaban la charla
cuentan que es un pibe bárbaro, enfermo por Rosario Central y que siempre está
dispuesto a dar una mano; y a modo de “certificación” de lo dicho, uno agrega
que la semana que viene, Martín organizó junto a su grupo de amigos de Central,
una movida solidaria donde van a regalar camisetitas, va a haber inflables para
los chiquitos y una merienda. No será la primera, ya lo hizo en dos
oportunidades más y en una de ellas los chiquitos se llevaron útiles para el
colegio.
Martín, como muchos de los pibes de Villa Moreno, tiene
arraigado el sentido de pertenencia. Ellos están orgullosos del lugar en el que
viven y además de sus sueños personales, que muchas veces se les dificulta
cumplirlos por los problemas de toda índole que les trajo nacer con otras
posibilidades, también tienen el sueño de ver bien al barrio y a su gente, por
eso se esfuerzan y por eso merecen que esto sea contado.
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